Quedé en concertar la cita una semana antes, pues sabía que a él le incomodaría más que a mí. Los lunes solían ser aburridos, esperaba que este fuera la excepción, y después de terminar mi horario en la oficina, fui a conseguir la despensa de la semana, durante la cita no quería tener más preocupaciones que las que ya tenía acumuladas.
A mi llegada, el bajó desde el cuarto piso, donde se encontraba nuestro apartamento, tenía una seriedad inusual en la cara, sin decir nada, se dispuso a ayudarme con el cargamento. Al dejar todo en nuestra mesa, le di un suave beso en los labios, como agradecimiento por cargar con todas esas bolsas y sobre todo, para aligerar su estado de ánimo; por fin me sonrió, me miró inquieto y se fue a la habitación.
Me di una ducha de 5 minutos, sólo para relajar el cuerpo, y cuando entré a la recamara, el miraba fijamente hacia un punto ciego en el televisor, mientras cambiaba frenéticamente de canal.
– ¿Estás segura? – me preguntó por décima vez, cuando estaba secando mi cabello frente al espejo.
– Me parece una buena idea ¿a ti ya no? – le cuestioné mirando su reflejo con tranquilidad, pues así me sentía en ese momento.
– Es sólo que me preocupa más lo que pasará después – desde el respaldo de la cama, se acercó hasta el borde de la misma.
– No veo claro el que tenga que preocuparnos algo, mi vida contigo siempre ha tenido un buen rumbo ó ¿es que dudas de ti? – ahora me estaba peinando.
– No, creo firmemente en lo que siento por ti, es sólo que has accedido muy fácilmente y no sé si realmente lo estás tomando así – me percaté que había soltado el control y aferraba las manos al cobertor.
– Estoy segura, de que si yo no hubiera accedido te molestarías y ya que estoy aceptando ¿le estás buscando un “pero” al asunto? – dije en un tono sosegado.
– Tienes razón – concedió después de algunos segundos, y finalmente, dejó de frotar sus manos contra el cobertor.
– Accedí fácilmente, porque tengo ganas de hacerlo, aún hay muchas cosas que me inquietan sobre ti, deberías preocuparte cuando ya me seas predecible – lo que le dije era cierto, me alentaba la idea de saber cómo sería el hombre que yo amaba, con otra mujer – ¿Hay algo más que te preocupe o qué estés pensando decir? – especifiqué.
– Pienso en que tú, nunca serías predecible para mí – se acercó por detrás y cruzó sus brazos por encima de mi estomago, beso y mordisqueó mi lóbulo izquierdo, miramos nuestro reflejo en el espejo y sonreímos ampliamente.
No tardé mucho en arreglarme, quería lucir natural para ambos. Subí al auto con paciencia, mi perfume inundo el ambiente, abrí la ventanilla y deje que la noche se integrara a nuestra pequeña fiesta. Después de 15 minutos, el auto se detuvo, un chico le pidió las llaves a mi amado, giré la cabeza hacia el gran edificio, un letrero luminoso declaraba su nombre: Hotel Jaune.
– ¿Cómo crees que se llame? – le pregunté al andar, pero el tan sólo encogió los hombros. La prostituta nos estaba esperando en la habitación 76, en un arranque de adrenalina, tomé su mano con firmeza y nos adentramos a aquel, paraíso de placer.